El reino donde la verdad dejó de ser necesaria

El reino donde la verdad dejó de ser necesaria

CULTURA IMPAR

Por José Manuel Rueda Smithers

El reino donde la verdad dejó de ser necesaria Hay una frase de un historiador francés, Alexis de Tocqueville: (la parafraseo para no citarla literalmente): El mayor peligro para un gobernante no es que le mientan a los ciudadanos; es que todos terminen mintiéndole a él.

Existe un reino muy peculiar. No es el más rico ni el más poderoso. Sus habitantes trabajan, pagan impuestos, leen los periódicos, escuchan discursos y, como en cualquier otra parte del mundo, esperan que quienes gobiernan les digan la verdad. Un día llega un nuevo gobernante. Asciende al poder prometiendo algo que todos celebran: nunca perder el contacto con la realidad. Repite una y otra vez que los gobernantes anteriores dejaron de escuchar a la gente. Que maquillaban las cifras. Que ocultaban los problemas. Que terminaron creyendo más en sus propios discursos que en la vida cotidiana de los ciudadanos. El reino lo aplaude. Parece el comienzo de una nueva etapa. Pero gobernar resulta más difícil que hacer campaña. Los problemas aparecen desde muy temprano. La inseguridad no desaparece. La economía no crece al ritmo prometido. Las inconformidades continúan.

Entonces el gobernante reúne a sus consejeros. —¿Cómo evitamos que la gente pierda la confianza? El primero responde: —No acepte nunca que existe un problema. Si lo reconoce, pensarán que usted fracasó. El segundo propone: —Si una estadística no ayuda, presente otra. El tercero sonríe: —Y si alguien insiste en hablar de la realidad… cuestione sus intenciones. Es más fácil desacreditar al mensajero que explicar el mensaje. La estrategia comienza a funcionar. Con el paso de los meses, el gobernante descubre que la verdad tiene un inconveniente: casi nunca produce aplausos inmediatos. En cambio, las buenas noticias -aunque sean incompletas, exageradas o simplemente imaginadas- siempre encuentran quien las celebre. Comienza entonces a rodearse de personas que confirman cada una de sus palabras. Los informes dejan de contener dudas. Los problemas llegan suavizados. Las reuniones se convierten en ceremonias donde todos coinciden y nadie contradice. Poco a poco, el silencio sustituye a la crítica, y la obediencia comienza a confundirse con lealtad. Tal vez, y solo tal vez, sin darse cuenta, el gobernante ya no escucha a su pueblo. Escucha únicamente el eco de quienes aprendieron que decir la verdad puede costar el cargo. Cuando aumentan los delitos, el gobierno habla de percepciones. Cuando aparecen malas noticias, recuerda los errores de los gobernantes anteriores. Cuando alguien critica, responde que todo forma parte de una campaña organizada por los enemigos del reino.

Poco a poco ocurre algo curioso. Los ministros dejan de describir la realidad. Describen la versión que más conviene a su gobierno. Y cuanto más tiempo permanecen en el poder, menos distinguen una de la otra. Mientras tanto, los ciudadanos siguen saliendo a las calles. Ellos no viven dentro de los comunicados oficiales. Viven donde las estadísticas se convierten en experiencias, donde los discursos se enfrentan todos los días con la vida real. Al principio discuten con el gobierno. Después dejan de hacerlo. No porque estén convencidos. Descubren que discutir con quien ya no quiere escuchar resulta inútil. Es entonces cuando el reino aprende una lección que ningún asesor político se atreve a enseñar. Las campañas sirven para ganar elecciones. La propaganda ayuda a conservar simpatizantes. Los ataques desgastan a los adversarios. Pero ninguna estrategia de comunicación consigue modificar la realidad. Y cuando un gobierno termina creyendo más en el relato que construyó que en el país que gobierna, deja de administrar una nación. Simplemente comienza a administrar una ficción. La política cambia todos los días; la cultura que la explica tarda generaciones en transformarse.