El Mundial que ya no es del mundo

El Mundial que ya no es del mundo

Cultura Impar

 

Por José Manuel Rueda Smithers Durante décadas, la Copa del Mundo fue presentada como la gran fiesta de la humanidad. Un torneo capaz de unir a familias enteras frente a un televisor, paralizar oficinas, vaciar calles y provocar abrazos entre desconocidos. Era el futbol como lenguaje universal. Era, también, una ilusión democrática: cualquiera podía sentirse parte del espectáculo. Hoy esa promesa parece agotarse. El Mundial de 2026 será el más grande de la historia. Tres países como sedes, más selecciones participantes, más estadios, más patrocinadores, más mercancía oficial y, desde luego, más dinero. Mucho más dinero.

Pero una pregunta incómoda se abre paso entre la euforia cuidadosamente diseñada por la mercadotecnia: ¿más grande significa mejor? El viejo principio romano de «pan y circo» al menos tenía una lógica elemental: el pueblo recibía algo. Se le entretenía, sí, pero también se le incluía en el espectáculo. El circo era accesible porque su función consistía precisamente en distraer a las masas. En cambio, esta nueva versión parece haber perfeccionado el modelo hasta convertirlo en una caricatura grotesca. El espectáculo se anuncia como universal mientras se vuelve inaccesible para la inmensa mayoría.

Los boletos alcanzan precios que equivalen a varios meses de salario para millones de personas. La transmisión abierta pierde terreno frente a plataformas de paga y paquetes exclusivos. Los productos oficiales tienen costos prohibitivos. La experiencia mundialista ya no está pensada para aficionados, sino para consumidores previamente segmentados por su capacidad adquisitiva.

La FIFA y las federaciones nacionales insisten en exhibir únicamente los beneficios económicos: turismo, ocupación hotelera, inversión, promoción internacional. Hablan de derrama económica como si ésta descendiera mágicamente hasta los bolsillos de la población. Sin embargo, pocas veces explican quién captura realmente las ganancias. Tampoco discuten con honestidad los costos públicos asociados: infraestructura temporal, operativos extraordinarios, adecuaciones urbanas o campañas promocionales financiadas con recursos que podrían destinarse a prioridades más urgentes.

Las escenografías son cada vez más espectaculares y, al mismo tiempo, más desechables. El Mundial dura unas semanas; las fotografías permanecen para la propaganda institucional; la factura suele quedarse mucho más tiempo. Mientras tanto, dirigentes deportivos convertidos en celebridades administran un mercado global donde los futbolistas son activos financieros, las canteras son inversiones y la pasión popular constituye una materia prima extraordinariamente rentable.

Paradójicamente, nunca hubo tanto dinero alrededor del futbol y quizá nunca hubo tan pocos ídolos genuinos. Sobran figuras diseñadas por agencias de imagen y faltan referentes capaces de inspirar por su trayectoria, disciplina o compromiso social. El negocio terminó por devorarse parte de la épica. Los gobiernos tampoco son espectadores inocentes. Necesitados de símbolos de éxito inmediato y de distractores eficaces frente a problemas complejos, suelen abrazar estos megaproyectos sin demasiadas preguntas. El brillo de una ceremonia inaugural resulta mucho más cómodo que la discusión sobre seguridad, educación, salud o desigualdad.

¿Será exitoso el Mundial de 2026? Probablemente sí, si el éxito se mide en audiencias globales, contratos comerciales y utilidades récord. Pero si el parámetro es otro —la capacidad de hacer sentir a la gente que esa fiesta también le pertenece— quizá estemos frente al campeonato más rentable de todos y, al mismo tiempo, uno de los más ajenos. Tal vez el verdadero fuera de lugar no ocurra dentro de la cancha. Tal vez consista en haber olvidado que el futbol nació en los barrios, en las calles y en los potreros, antes de convertirse en un exclusivo salón de negocios donde el pueblo es invitado a aplaudir desde lejos.