con más obesidad en el mundo, y sin embargo seguimos tratando el tema como si fuera un asunto de voluntad o de vanidad. No lo es. La obesidad es una enfermedad, y como toda enfermedad, necesita atención, prevención y, sobre todo, información.
¿Qué tan grande es el problema? Los números son contundentes. Según la última Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, el 76.2% de los adultos mexicanos tiene sobrepeso u obesidad. Es decir, tres de cada cuatro adultos en este país cargan más peso del que su corazón, hígado y rodillas pueden tolerar. Pero no solo afecta a los adultos. Uno de cada tres niños en edad escolar también tiene sobrepeso u obesidad. Muchos de estos niños ya tienen el hígado dañado, la presión alta o niveles de azúcar en sangre que antes solo veíamos en personas de 50 años. Estamos enfermando más rápido y más joven.
¿Por qué engordamos tanto los mexicanos? La respuesta fácil sería decir: “porque comemos mucho y no nos movemos”. Pero eso es como decirle a alguien con depresión que “solo sonría más”. La realidad es mucho más compleja. Lo que de verdad nos está enfermando: La comida chatarra es más barata que la comida sana. Una bolsa de papas fritas cuesta menos que un kilo de verduras en muchas colonias del país. Cuatro de cada diez calorías que come un niño mexicano vienen de ultraprocesados: refrescos, frituras, pan industrial, jugos de cajita. Trabajamos demasiado y dormimos mal. El cuerpo que no duerme bien produce más hormona del hambre y menos hormona de la saciedad. El estrés crónico hace que el cuerpo acumule grasa, especialmente en el abdomen. La publicidad de comida chatarra bombardea a nuestros hijos desde que aprenden a ver televisión.
¿Qué enfermedades trae consigo? La obesidad no es solo “estar pasado de peso”. Es la puerta de entrada a un círculo vicioso de enfermedades que se van sumando una tras otra: Diabetes tipo 2: casi 1 de cada 5 adultos mexicanos ya la tiene, y muchos no lo saben. Presión alta: obliga al corazón a trabajar más de lo que puede. Infarto y embolia: la grasa tapa las arterias como cal en una manguera. Cáncer: de colon, mama, páncreas y otros órganos. Hígado graso: el hígado se llena de grasa y deja de funcionar bien. Apnea del sueño: dejas de respirar mientras duermes, y te despiertas agotado. Depresión y ansiedad: el cuerpo inflamado también afecta al cerebro. En pocas palabras: la obesidad no mata de golpe. Mata poco a poco, robándote años de vida y calidad de vida.
¿Y qué podemos hacer nosotros? La buena noticia es que pequeños cambios reales tienen grandes efectos. No necesitas una dieta extrema ni un gimnasio caro. Necesitas constancia en cosas simples.
En lo que comes: Cambia el refresco por agua. Solo ese cambio puede evitarte 15 kilos de grasa al año. Llena la mitad de tu plato con verduras o ensalada en cada comida. La tortilla no es el problema. El problema son las frituras, el pan dulce y los ultraprocesados. Lee las etiquetas: si el producto tiene sello negro de “exceso de azúcar”, déjalo en el estante.
En cómo te mueves: Camina 30 minutos al día. No necesitas ropa especial ni equipo. Solo zapatos cómodos y las ganas. Si trabajas sentado, levántate cinco minutos cada hora. Tu cuerpo lo agradece. Usa las escaleras. Estaciónate más lejos. Baja una parada antes del camión.
En cómo duermes: Duerme entre 7 y 8 horas. El que no duerme bien, come más al día siguiente. Apaga el celular media hora antes de dormir. La pantalla engaña a tu cerebro y te quita el sueño.
En detectarte a tiempo: Mídete la cintura con una cinta métrica. Si mide más de 90 cm en mujer o más de 102 cm en hombre, hay riesgo. Hazte una prueba de glucosa al menos una vez al año si tienes más de 35 años o si hay diabetes en tu familia. No esperes sentirte mal para ir al médico. La diabetes y la presión alta no duelen al inicio, y por eso son peligrosas.
México no engordó de un día para otro. Y no se va a curar con una dieta de moda ni con una pastilla mágica. La obesidad es el resultado de un sistema que nos vende comida barata y dañina, que no nos deja tiempo para movernos ni para dormir, y que después nos culpa a nosotros. Pero también es verdad que hay cosas que sí podemos cambiar hoy, con lo que tenemos y donde estamos. Empezando por informarnos, por tomar agua en vez de refresco, por caminar, aunque sea media hora, y por llevar a nuestros hijos al médico antes de que se enfermen. Tu cuerpo no es tu enemigo. Es tu herramienta de vida. Cuídalo.
