La retórica del desdén sudamericano y la realidad del dólar

La retórica del desdén sudamericano y la realidad del dólar

✍🏻 Fernando Flores

Sudamérica ha perfeccionado un doble discurso que ya no engaña a nadie. En foros internacionales, varios mandatarios se envuelven en una retórica incendiaria contra el “imperialismo” estadounidense, eficaz para el consumo interno y útil para encubrir fracasos propios. Pero lejos de los micrófonos, esos mismos gobiernos dependen estructuralmente del dólar, del sistema financiero estadounidense y del acceso a sus mercados para evitar el colapso.

No es resistencia ideológica: es cinismo funcional. El antiamericanismo sigue siendo rentable porque ofrece un enemigo externo cómodo. Culpar a Washington —al embargo, a las sanciones, al “bloqueo”— permite ocultar corrupción endémica, Estados improductivos y élites políticas incapaces de generar crecimiento.

Sin embargo, los datos son implacables: Estados Unidos continúa siendo uno de los principales socios comerciales de la región; millones de hogares sobreviven gracias a remesas enviadas desde su territorio; y el dólar es la moneda real de ahorro de las élites que más lo demonizan en público.

La ideología no paga importaciones ni sostiene economías. El núcleo más incómodo del debate es el embargo.

Gobiernos como los de Cuba o Venezuela lo presentan como causa total de su colapso, cuando el deterioro precede y excede con mucho a las sanciones. Se exige su levantamiento como una deuda moral automática, sin discutir la ausencia de elecciones libres, la persecución política, las expropiaciones o la destrucción del Estado de derecho. Pero la realpolitik es clara: las sanciones son instrumentos de presión, y su alivio históricamente ha estado condicionado a concesiones verificables.

Ante la incomodidad que genera Washington, algunos miraron a China o Rusia como alternativas. El resultado ha sido nuevas dependencias, contratos opacos y escasa transferencia real de desarrollo. La geografía sigue siendo destino: la cercanía con el mayor mercado del mundo es una ventaja que la región ha desperdiciado por falta de institucionalidad y visión.

El doble discurso se vuelve obsceno cuando se condena al “imperio” por la mañana y por la tarde se suplica acceso a los mercados de Nueva York, se dolarizan ahorros y se vive del sistema que se desprecia. El antiamericanismo no es ideológico: es un comodín de impunidad.

Los datos lo confirman incluso donde el embargo no bloquea.

Cuba comercia con decenas de países y recibe turismo, pero ha sido incapaz de sostener servicios básicos. El turismo —su principal fuente de divisas— se ha desplomado por el colapso interno: apagones, escasez, infraestructura en ruinas y una oferta degradada.

No es Washington quien espanta al turista; es la incapacidad del régimen para cumplir lo que promete. Cuando un país no puede garantizar ni electricidad ni servicios elementales a quienes llegan con dólares, el problema no está afuera, sino en casa.